Simenon concibió la serie Maigret de modo que cada entrega siguiese un hilo argumental diferente. Cada novela puede leerse como un conjunto en sí y aunque constituyan historias diferentes, en todas sus novelas encontramos elementos recurrentes. Primero de todo, Maigret, sus modos, gustos y costumbres, que irrumpe en escena, a menudo, acompañado (quizás del brigada Lucas, o de los comisarios Janvier, Torrence, Lapointe, etc.). Tampoco faltan los lugares, a los que el comisario regresa y con los que, tanto él como el lector, nos familiarizamos; cafés, calles, el Sena... Pero además de estos elementos un poco recurrentes encontramos otras características:
Investigación en la escena del crimen
Quizás sea porque muchas veces la víctima está desfigurada, otras tantas porqué los testigos no dicen palabra alguna, puede que la víctima sea extrangera, tal vez nadie la conozca... la cuestión es que Maigret, de buenas a primeras, casi siempre tiene el problema de la identificación del cadaver. Una vez identificado, Maigret se infiltra en el mundo de la víctima o los implicados. Pero no al estilo CSI, Maigret no toma notas, no reflexiona. Él más bien se empapa del ambiente del lugar tratando de ponerse en el lugar del propietario. Decir que Maigret no es objetivo puede sonar mal, pero al fin y al cabo es así, se deja llevar por sensaciones, sentimientos, por lo que le sugieren situaciones, personajes o lugares. Y es por esto que acaba llevandose reprimendas por parte de sus superiores. A pesar de que su trabajo es de alto funcionario, a pesar de que no tiene necesidad alguna de salir a la calle pues ya están sus subordinados para hacerlo por él, Maigret no se aprovecha y no duda en salir a la calle. La razón de todo esto es que para Maigret un nombre en el informe de un crimen es una persona con sus rostros y expresiones, con sus inquietudes y ambiciones, y que resulta mucho más justo abordarlas directamente, tratarlas, conocerlas personalmente.
Son rasgos operativos que aparecen una y otra vez, y con los que el lector asiduo sabe que se volverá a topar. Un Maigret que no recorriese las calles, que no entrase en las casas, en los bares a picotear, que no parase a los vecinos para interrogarlos no sería el Maigret al que estamos acostumbrados.
