Categoría: Ficciones
16 Diciembre 2006
Iniciamos con este relato una antología de cuentos policiaco navideños. Esta primera entrega corresponde a El decimotercer día de Navidad un relato escrito por Isaac Asimov en 1982 y que dió lugar a una película. Disfrútenlo y recuerden que el próximo sábado publicaremos un nuevo relato!!!!
Ese año todos estuvimos muy contentos cuando hubo pasado el día de Navidad.
Fue una Nochebuena horrible. Yo permanecí despierto todo el tiempo que pude esperando, en cualquier momento, oír el estallido de una bomba. Mamá estuvo también despierta, junto a mí, hasta la medianoche del día de Navidad, hasta que papá llamó para anunciar:
—Perfecto, no ha ocurrido nada. Estaré en casa tan pronto como pueda.
Mamá y yo bailamos de alegría por el comedor como si celebráramos la llegada del Papá Noel. Al cabo de una hora llegó papá y nos fuimos a la cama. Ese día dormimos mejor que nunca.
Nuestra familia es un caso especial. Papá es detective de la policía y esos días, con las amenazas de los terroristas, puede llegar a estar muy ocupado. Por eso, cuando el día 20 de diciembre llegó a la Comisaría la amenaza de que el Día de Navidad estallaría una bomba en las oficinas soviéticas de las Naciones Unidas, se lo tomaron muy en serio.
Todos los miembros del cuerpo fueron puestos en servicio.
También intervino el Servicio Secreto. Los soviéticos tenían sus propios medios de seguridad, pero a papá no le bastaban.
El peor día fue la víspera de Navidad.
—Si alguien está lo suficientemente loco para querer colocar una bomba y no le asusta el ser apresado luego, lo más probable es que lo consiga por muchas precauciones que tomemos.
La voz de papá delataba una angustia que raras veces notábamos en él.
—Supongo que no existe ningún medio para saber de quién se trata —dijo mamá. Papá negó con la cabeza.
—La amenaza está escrita con letras de periódico pegadas sobre un papel, sin huellas dactilares, sólo manchas. Lo único que tenemos es un material corriente que no podemos investigar porque no nos llevaría a nada, y una amenaza. ¿Qué podemos hacer?
—Supongo que debe tratarse de alguien a quien no le gustan los rusos —comentó mamá.
—Esto no nos ayuda mucho —dijo papá—. Naturalmente los soviéticos dicen que se trata de una amenaza de los judíos y hemos tenido que vigilar a los de la Liga para la defensa de los Judíos.
—Pero papá —intervine yo—, esto no tiene ningún sentido. El pueblo judío no hubiera elegido el día de Navidad para hacer una cosa así, ¿no te parece? Para ellos ese día no significa nada y tampoco significa nada para la Unión Soviética. Oficialmente son ateos.
—Con los rusos no puedes razonar de esta manera —dijo papá—. Y ahora ya es hora de ir a la cama porque mañana. Navidad o no, puede ser un mal día.
Papá salió. Estuvo fuera todo el día de Navidad y para todos nosotros fue un mal día. Mamá y yo ni siquiera abrimos nuestros regalos, estuvimos todo el día sentados al lado de la radio y el televisor, esperando noticias.
Luego, a medianoche, cuando papá llamó para decir que no había ocurrido nada ya pudimos respirar tranquilos, pero tampoco nos acordamos de abrir los regalos.
No lo hicimos hasta el día 26. Este fue nuestro día de Navidad. Papá tuvo el día libre y mamá preparó el pavo con veinticuatro horas de retraso.
Lo pasamos muy bien y no hablamos del caso hasta después de la cena. Mamá empezó:
—Supongo que nadie, fuera quien fuera, pudo encontrar la manera de colocar la bomba debido a la gran vigilancia que había.
Papá sonrió, apreciando la lealtad de mamá.
—No creo que la vigilancia pudiera extremarse hasta ese punto, pero ¿qué más da?
—La cuestión es que no ha habido bomba. Tal vez no fuera más que una broma pesada. Pero la gente estaba preocupada y los soviéticos de las Naciones Unidas se han pasado unas cuantas noches sin dormir. Para la persona que quería colocar la bomba esto puede haber sido una satisfacción casi tan grande como si el artefacto hubiera estallado.
—Si no pudo hacerla estallar el día de Navidad —dije yo— tal vez lo haga otro día. Tal vez sólo dijo ese día para mantener a la gente alerta y luego, cuando todo vuelva a la normalidad, lo hará...
Papá me dio un golpecito en la cabeza.
—Pues sí que eres optimista Lorenzo... No, no lo creo. Los profesionales valoran el sentido del deber. Cuando dicen que algo va a ocurrir en un momento preciso, tiene que ser en ese momento o ya no tiene sentido para ellos.
No me quedé muy convencido, pero los días pasaban y no ocurría nada. Poco a poco el departamentó de policía volvió a la normalidad, los del Servicio Secreto se ocuparon de otros asuntos e incluso los soviéticos parecieron olvidarse de todo, tal como papá había previsto.
El día 2 de enero teníamos que volver al colegio para ensayar nuestro espectáculo de Navidad que se representaba el día 6 de enero, fiesta de los Reyes Magos. Lo representábamos al final de las vacaciones navideñas, en día festivo, porque a nuestro colegio acudían chicos de diversas religiones y la Dirección y Profesorado respetaban la separación Iglesia-Estado y las creencias de todos. Así, al celebrar la representación en día festivo la asistencia no era obligatoria. Y, como en el colegio tampoco debía haber celebraciones religiosas, no llamábamos a nuestra función «Espectáculo de Navidad» sino sólo «Representación». No hacíamos más que una representación de la canción «Los doce días de Navidad», en la que no se habla de religión, sólo de regalos.
Éramos doce niños, cada uno cantaba una estrofa y luego todos juntos repetíamos el estribillo. Yo era el número cinco y cantaba «Cinco anillos de oro», porque todavía tenía una voz de soprano y podía alcanzar las notas altas bastante bien.
Muchos niños no saben por qué el período de Navidad tiene doce días, pero yo les expliqué que entre el 25 de diciembre, día de Navidad, y el 6 de enero, el día que llegaron los tres Reyes Magos a traer regalos al niño Dios, van doce días y de ahí el título de la canción. Naturalmente era el día 6 cuando hacíamos nuestra representación en el auditorio del Colegio y venían todos los padres que querían.
Papá consiguió tener libres unas horas para poder asistir, junto con mamá. Y acudió a oír a su hijo cantar las notas altas por última vez, porque el año que viene mi voz habrá cambiado y ya no podré hacerlo.
¿Sabéis lo que es tener una idea brillante en medio de una representación y estar obligado a continuar la comedia sin poder hacer nada?
Aún estábamos en el segundo día, cantando «Dos tórtolas», cuando de pronto se me ocurrió: «¡Oh, mañana será el decimotercer día de Navidad!» Todo el mundo estaba mirándonos y no pude hacer otra cosa que quedarme quieto y cantar mi estrofa.
Nunca había encontrado esa canción tan estúpida. Era como si tuviera polvos pica-pica en la ropa interior, no podía estarme quieto ni un momento más. Cuando hubimos cantado la última nota y el público estaba aún aplaudiendo, eché a correr, bajé los escalones del escenario y seguí corriendo hasta llegar a la fila donde estaba mi padre. El me miraba asustado, yo me agarré a su chaqueta y supongo que hablaba tan deprisa que no conseguía entenderme.
Le dije:
—Papá, Navidad no es el mismo día para todo el mundo. Puede que incluso se trate de algún soviético. Oficialmente los rusos son ateos, pero puede haber alguno que haya conservado la fe religiosa y por esta razón quiera colocar la bomba. Puede tratarse de un miembro de la Iglesia Ortodoxa Rusa y ellos no siguen nuestro calendario.
—¿Cómo? —se extrañó papá, mirándome como si no comprendiera ni una palabra de lo que estaba diciendo.
—Que sí, papá; lo he leído en alguna parte. La Iglesia Ortodoxa Rusa está todavía en el calendario Juliano, que es el que impuso por decreto Julio César hace 2.000 años tomando cálculos de los antiguos calendarios griegos, babilónicos y egipcios, mientras que los demás cambiamos al Calendario Gregoriano que es el que impuso en 1582 el Papa Gregorio XIII por ser más preciso, reformando el calendario Juliano. El calendario Juliano lleva trece días de retraso con respecto a nosotros. La Navidad Ortodoxa cae en su 25 de diciembre, que equivale a nuestro 7 de enero, es decir mañana.
Hasta aquí no me creyó ni una palabra. Lo comprobó en un diccionario y luego llamó a alguien de la Oficina Central que era ruso Ortodoxo.
En poco tiempo consiguió poner en movimiento a todo el departamento. Habló con los soviéticos y cuando éstos dejaron de culpar a los judíos y se fijaron en su propia gente, encontraron al hombre. No sé qué hicieron con él, pero tampoco estalló ninguna bomba el decimotercero día de Navidad.
La Oficina Central quiso regalarme una bicicleta nueva, pero yo no acepté. Sólo había cumplido con mi deber.
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4 Diciembre 2006
Historia de un asesino es un cómic de unos 9 episodios que narra bajo una efectiva combinación entre dibujo y fotografías originales la historia de unos asesinatos. Tiene un principio interesante, aunque la historia (y las imagenes) pierden fuelle a la mitad. Su autor es Gustavo Ronello, fotografo profesional. Reproducimos a continuación los tres primeros episodios y os dejamos el enlace para que podais seguir disfrutando de esta historia.

Corría el año 1973 y Eustaquio no soportaba más a su amante, que lo amenazaba con revelar su relación a la esposa. Esto llevo a Eustaquio a contratar a Pedro, un asesino a sueldo de poca monta, a quien le pidió que se encargara de Elizabeth.
Pedro tenía como consigna principal que el asesinato pareciera un accidente, por lo tanto alquilo un departamento en un tercer piso de donde le arrojo a Elizabeth un objeto contundente para hacerla sonar.

Carmen, la esposa de Eustaquio ya estaba enterada del affair de su esposo con Elizabeth y al leer las noticias de la muerte de la susodicha, sospecho enseguida de su marido. Con algunas conjeturas y muy pocas pruebas de lo ocurrido decidió hacer la denuncia en la policía.
Eustaquio no podía permitir que eso ocurriera, así que contrato a Pedro nuevamente para que se ocupara de la situación. Pedro sin pensar demasiado decidió darle fin al problema colgando a Carmen en el baño de su propia casa.

La vida de Eustaquio se iba complicando lentamente, la policía relaciono las muertes al descubrir su affair con Elizabeth y su condición de fiolo. Si, Eustaquio manejaba un negocio turbio con chicas de vida fácil, y en ese mundo los secretos son poco difícil de mantener a salvo. Anastasia, la mejor amiga y compañera de ruta de Elizabeth sabia más de lo que debía, así que Pedro en un nuevo trabajo por encargo se ocupo de partirle la cabeza y lograr silenciarla.
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25 Noviembre 2006
A finales del pasado mes de Octubre se cumplían 100 años del nacimiento del gran Fredric Brown, el 29 de Octubre de 1906. Aprovechando este aniversario volvemos a los ruedos con un breve relato del escritor norteamericano de novelas policial y ciencia ficción. ¡Que lo disfruten!
- He oído un rumor - comentó Sangstrom -, relativo a que usted... - volvió la cabeza y miró a todos los lados para estar completamente seguro de que él y el droguero estaban solos en la farmacia. El droguero era un hombrecillo con aspecto de gnomo, su edad podía ser cualquiera entre los cincuenta y los cien años. Estaban solos; pero, de todos modos, Sangstrom bajó la voz -: relativo a que usted tiene un veneno que no deja rastro alguno.
El droguero asintió. Salió del mostrador, cerró la puerta principal y se dirigió a una puerta en la parte posterior.
- Estaba a punto de tomar mi café - explicó - Acompáñeme a tomar una taza.
Sangstrom le siguió a un cuarto en la parte posterior, cubierto por estantes de botellas, desde el piso hasta el techo. El droguero enchufó una cafetera eléctrica, trajo dos tazas y las depositó en una mesa que tenía una silla a cada lado. Indicó una a Sangstrom y él tomó asiento en la otra.
- Bien - señaló -, dígame, ¿a quién desea matar y por qué?
- Eso no importa. ¿No es suficiente que le pague por...?
El droguero le interrumpió levantando una mano.
- Sí, importa. Debo estar convencido de que usted merece lo que puedo darle. De otro modo... - se encogió de hombros.
- Muy bien - aceptó Sangstrom. - Se trata de mi mujer. El porqué... - Empezó la larga historia. Antes de llegar al final, la cafetera terminó su tarea y el droguero interrumpió brevemente la historia, para servir el café. Sangstrom concluyó su narración.
- Sí - asintió el pequeño droguero -, ocasionalmente proporciono un veneno que no deja rastro. Lo hago sin coste alguno, si creo que el caso lo requiere. He ayudado a muchos asesinos.
- Bien - urgió Sangstrom -, démelo entonces, por favor.
- Ya lo he hecho - sonrió el droguero -. Para cuando el café estuvo listo, ya había decidido que usted lo merecía. Como le dije, es sin cargo alguno. Pero el antídoto tiene un precio.
Sangstrom palideció y tomó sus precauciones, no contra las palabras que pronunciara el droguero sino contra la posibilidad de una traición o alguna forma de chantaje. Sacó una pistola de su bolsillo.
El droguero rió quedamente.
- No se atreverá a usar eso. ¿Podría encontrar el antídoto - señaló los estantes - entre tantos millares de botellas? ¿O quizá encontraría un veneno más rápido y virulento? Si cree que estoy fanfarroneando, que no está realmente envenenado, dispare entonces. Sabrá la respuesta dentro de tres horas, cuando el veneno empiece a hacer su efecto.
- ¿Cuánto por el antídoto? - gimió Sangstrom.
- Un precio razonable. Mil dólares. Después de todo, hay que vivir. Aunque sea un aficionado a evitar asesinatos, no hay razón para no sacar una pequeña ganancia de ello, ¿no cree?
Sangstrom gruñó y bajó la pistola, pero la dejó al alcance de la mano, mientras sacaba la cartera. Quizá después de conseguir el antídoto podría usarla. Contó mil dólares en billetes de cien y los puso sobre la mesa.
El droguero no hizo ningún movimiento para cogerlos.
- Otra cosa, para seguridad de su esposa y mía. Escribirá una confesión de sus intenciones: de sus iniciales intenciones de asesinar a su esposa. Entonces me esperará hasta que yo haya regresado de enviársela por correo a un amigo que trabaja en el Departamento de Homicidios. El la conservará como evidencia, para el caso de que alguna vez decida matar a su esposa. O a mí. Cuando esté el documento en el correo, me sentiré seguro y podré regresar aquí para facilitarle el antídoto. Le daré papel y pluma...
»Ah, y otra cosa, aunque no sea una exigencia, desde luego. ¿Quiere correr la voz acerca de mi veneno sin rastros por favor? Uno nunca sabe, señor Sangstrom. Quizá la siguiente vida que salve sea la suya.
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24 Agosto 2006
-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.
-¿No hay nada que yo pueda hacer?
-No. No hay nada que hacer.
-Tal vez no lo dijeron en serio.
-No. Lo decían en serio.
Ole Andreson volteó hacia la pared.
-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.
-¿No podría escapar de la ciudad?
-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.
Seguía mirando a la pared.
-Ya no hay nada que hacer.
-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?
-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.
-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.
-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.
Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.
-Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: "Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este", pero no tenía ganas.
-No quiere salir.
-Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?
-Sí, ya sabía.
-Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.
-Bueno, buenas noches, Sra. Hirsch -saludó Nick.
-Yo no soy la Sra. Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la Sra. Bell.
-Bueno, buenas noches, Sra. Bell -dijo Nick.
-Buenas noches -dijo la mujer.
Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.
-¿Viste a Ole?
-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.
El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.
-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.
-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.
-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.
-¿Qué va a hacer?
-Nada.
-Lo van a matar.
-Supongo que sí.
-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.
-Supongo -dijo Nick.
-Es terrible.
-Horrible -dijo Nick.
Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.
-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.
-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.
-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.
-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.
-No soporto pensar en él esperando en su cuarto y sabiendo lo que le va a pasar. Es realmente horrible.
-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso.
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23 Agosto 2006
-Igual hablas demasiado -insistió Al. Este salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.
-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.
-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.
Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.
-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. Ya no quiero que vuelva a pasarme.
Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.
-¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad.
-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.
-¿A Ole Andreson?
-Sí, a él.
El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.
-¿Ya se fueron? -preguntó.
-Sí -respondió George-, ya se fueron.
-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.
-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.
-Está bien.
-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.
-Si no quieres no vayas -dijo George.
-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.
-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?
El cocinero se alejó.
-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.
-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.
-Voy para allá.
Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.
-¿Está Ole Andreson?
-¿Quieres verlo?
-Sí, si está.
Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.
-¿Quién es?
-Alguien que viene a verlo, Sr. Andreson -respondió la mujer.
-Soy Nick Adams.
-Pasa.
Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido un boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.
-¿Qué pasó? -preguntó.
-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.
Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.
-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.
Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.
-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.
-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.
-Le voy a decir cómo eran.
-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.
-No es nada.
Nick miró al grandote que yacía en la cama.
-¿No quiere que vaya a la policía?
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22 Agosto 2006

-Hablas demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.
-¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?
-Uno nunca sabe.
-En un convento judío. Ahí estuviste tú.
George miró el reloj.
-Si viene alguien, dile que el cocinero salió, si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?
-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?
-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.
George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de calle se abrió y entró un conductor de tranvías.
-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?
-Sam salió -dijo George-. Volverá alrededor de una hora y media.
-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.
-Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Eres un verdadero caballero.
-Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina.

-No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo.
A las siete menos cinco George habló: -Ya no viene.
Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.
-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.
-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.
-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.
Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.
-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.
-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.
En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.
-¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó.
-Vamos, Al -insistió Max.
-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?
-No va a haber problemas con ellos.
-¿Estás seguro?
-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.
-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.
-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?
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20 Agosto 2006
-¿Qué le van a hacer?
-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?
George abrió la portezuela de la cocina y llamó: -Sam, ven un minutito.
El negro abrió la puerta de la cocina y salió.
-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.
-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí.
El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador: -Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.
-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Vos también, chico vivo.
El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, lo de Henry había sido una taberna.
-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?
-¿De qué se trata todo esto?
-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.
-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.
-¿De qué crees que se trata?
-No sé.
-¿Qué piensas?
Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.
-No lo diría.
-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.
-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escuchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, alejate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.
-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?
George no respondió.
-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?
-Sí.
-Viene a comer todas las noches, ¿no?
-A veces.
-A las seis en punto, ¿no?
-Si viene.
-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?
-De vez en cuando.
-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.
-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?
-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.
-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina.
-¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George.
-Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo.
-Cállate -dijo Al desde la cocina-. Hablas demasiado.
-Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?
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20 Agosto 2006
-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.
-No -le contestó éste.
-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.
-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.
-Así es -dijo George.
-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.
-Seguro.
-Así que eres un chico vivo, ¿no?
-Seguro -respondió George.
-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No cierto, Al?
-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó: -¿Cómo te llamas?
-Adams.
-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No, Max, que es vivo?
-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.
George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocino con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.
-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.
-¿No te acuerdas?
-Jamón con huevos.
-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.
-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.
-Nada.
-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.
-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.
George se rió.
-Tú no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?
-Está bien -dijo George.
-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.
-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.
-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.
-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, andá con tu amigo del otro lado del mostrador.
-¿Por? -preguntó Nick.
-Porque sí.
-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.
-¿Qué se proponen? -preguntó George.
-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?
-El negro.
-¿El negro? ¿Cómo el negro?
-El negro que cocina.
-Dile que venga.
-¿Qué se proponen?
-Dile que venga.
-¿Dónde se creen que están?
-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?
-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George- Escucha, dile al negro que venga acá.
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