Raymond Chandler escribió hace ya algún tiempo un interesantísmo ensayo sobre el no tan simple arte de matar. Bueno, lo complicado no es hacerlo, es como en muchos casos, hacerlo bien. Muchos escritores nos han desvelado sus claves para escribir una buena novela o nos han confesado sus obras preferidas dentro del género, no tienen más que buscar en nuestros archivos y podrán comprobar los secretos de escritores de la talla de Patricia Higsmith, Elmore Leonard, Truman Capote, Paco Taibo y otros grandes. Pero nunca antes habíamos pensado en Raymond Chandler. Craso error. Tratamos de compensarlo ahora con la publicación de algunos fragmentos de este interesantísimo ensayo.
El otro día hablábamos de los best-sellerspero éstos no son fruto de los últimos años, Chandler ya habló sobre ellos en su ensayo, , " los best-sellers, que son trabajos de promoción basados en una especie de explotación indirecta del esnobismo, cuidadosamente escoltados por las focas adiestradas de la fraternidad crítica, y cuidados y regados con amor por ciertos grupos de presión demasiado poderosos, cuyo negocio consiste en vender libros, aunque prefieren que uno crea que están estimulando la cultura. Atrásese un poco en sus pagos y descubrirá cuán idealistas son".
No solo de los best-sellers existen prejuicios, también existen y es uno de los que más nos afectan, prejuicios contra la novela policial, muchos de ellos infundados por propios escritores del género como denunciaba Chandler, "en su introducción al primer Omnibus of Crime, Dorothy Sayers escribía: «El relato detectivesco no llega, y por hipótesis nunca puede llegar, al plano más alto de logro literario. Y en otra parte sugería que ello se debe a que se trata de una «literatura de evasión» y no de una «literatura de expresión» (...) en cuanto a literatura de expresión y literatura de evasión, pertenece a la jerga de los críticos, es una utilización de palabras abstractas como si tuviesen significados absolutos. Todo lo que se escribe con vitalidad expresa esa vitalidad; no hay temas vulgares; sólo hay mentalidades vulgares. Todos los que leen escapan de algo hacia lo que hay detrás de la página impresa; puede discutirse la calidad del sueño, pero la liberación que ofrece se ha convertido en una necesidad funcional. Todos los hombres tienen que escapar en ocasiones del mortífero ritmo de sus pensamientos íntimos.
Algo antes Chandler ya había escrito sobre el género detectivesco, "El relato de detectives (...) tiene que encontrar su público por medio de un lento proceso de destilación. Así lo hace, y se aferra a él con gran tenacidad, y eso es un hecho. (...) Todos los escritores de relatos de detectives cometen errores, y ninguno sabrá nunca tanto como debería. Conan Doyle cometió errores que invalidaron por completo algunos de sus relatos, pero fue un precursor, y a fin de cuentas Sherlock Holmes es sobre todo una actitud y algunas docenas de líneas de un diálogo inolvidable (...) la Edad de Oro de la ficción detectivesca empieza después de la Primera Guerra Mundial y dura más o menos hasta 1930." Otro de los puntos importantes del género es el detective y Chandler presenta las características génerales de un buen investigador, "El detective de esta clase de relatos tiene que ser un hombre así: es el protagonista, lo es todo. Debe ser un hombre completo y un hombre común, y al mismo tiempo un hombre extraordinario. Debe ser, para usar una frase más bien trajinada, un hombre de honor por instinto, por inevitabilidad, sin pensarlo, y por cierto que sin decirlo. Debe ser el mejor hombre de este mundo, y un hombre lo bastante bueno para cualquier mundo. Su vida privada no me importa mucho; creo que podría seducir a una duquesa, y estoy muy seguro de que no tocaría a una virgen. Si es un hombre de honor en una cosa, lo es en todas las cosas.
Es un hombre relativamente pobre, pues de lo contrario no sería detective. Es un hombre común, pues de lo contrario no viviría entre gente común. Tiene un cierto conocimiento del carácter ajeno, o no conocería su trabajo. No acepta con deshonestidad el dinero de nadie ni la insolencia de nadie sin la correspondiente y desapasionada venganza. Es un hombre solitario, y su orgullo consiste en que uno le trate como a un hombre orgulloso o tenga que lamentar haberle conocido. Habla como habla el hombre de su época, es decir, con tosco ingenio, con un vivaz sentimiento de lo grotesco, con repugnancia por los fingimientos y con desprecio por la mezquindad."
Por último y no por ello menos importante los gustos literarios de Chandler (aunque de forma resumida), "Echemos una mirada a una de las glorias de la literatura, una obra maestra reconocida del arte de engañar al lector sin estafarlo. Se llama El misterio de la casa roja, fue escrita por A. A. Milne y Alexander Wollcott. la consideró «uno de los tres mejores relatos de misterio de todos los tiempos». Palabras de esas dimensiones no se pronuncian con ligereza. El libro se publicó en 1922, pero es casi intemporal (...) Es un libro agradable, ligero, divertido, al estilo de Punch, escrito con una engañosa suavidad que no es tan fácil como parece. Y finaliza hablando de uno de sus admirados y admiradores, Hammett. "No es fácil decidir ahora, aunque tenga importancia, cuán original fue en verdad Hammett como escritor. Fue uno en un grupo, el único que logró el reconocimiento de la crítica, pero no el único que escribió o trató de escribir verdaderas novelas de misterio realistas. Todos los movimientos literarios son así: se elige a un individuo como representante de todo el movimiento; por lo general es la culminación de éste. Hammett fue el as del grupo, pero no hay en su obra nada que no esté implícito en las primeras novelas y cuentos cortos de Hemingway.
Y, sin embargo, por lo que sé, es posible que Hemingway haya aprendido algo de Hammett (...) Dudo que Hammett tuviese algún objetivo artístico deliberado; trataba de ganarse la vida escribiendo algo acerca de lo cual contaba con información de primera mano. Una parte la inventó; todos los escritores lo hacen; pero tenía una base en la realidad; estaba compuesta de cosas reales. La única realidad que los escritores ingleses de novelas de detectives conocían era el acento que usaban en su conversación los habitantes de Surbiton y de Bognor Regis (...) Hammett escribió al principio (y casi hasta el final) para personas con una actitud aguda y agresiva hacia la vida. No tenían miedo del lado peor de las cosas; vivían en ese lado. La violencia no les acongojaba. Hammett devolvió el asesinato al tipo de personas que lo cometen por algún motivo, y no por el solo hecho de proporcionar un cadáver. Y con los medios de que disponían, y no con pistolas de duelo cinceladas a mano, curare y peces tropicales. Describió a esas personas en el papel tales como son, y las hizo hablar y pensar en el lenguaje que habitualmente usaban para tales fines (...) Hammett hizo algo más: hizo que resultase divertido escribir novelas de detectives, y no un agotador encadenamiento de claves insignificantes.
