La mafia macarroni y el arte de jalar
Otoño, y las calles se tiñen del amarillo, rojo y marrón que destilan las hojas secas y amontonadas en la calle. Los edificios de ladrillo con sus portales y sus escaleras adoquinadas y los coches de época aparcados en frente. Las calles completamente vacías, mojadas por el rocío de la mañana o la lluvia de la tarde. Y en el vacío un debil repiqueteo. El de dos lustrosos mocasines blanquinegros que avanzan por la calzada atropellando mierdas de perros y restregandose por las hojas. La figura de una gabardina negra y un sombrero a juego avanzan a la vez que los mocasines. Mientras tanto un cigarrillo se mueve de arriba abajo a la vez que desprende un intenso humo acompañado de un tufillo como una estela. Y el hombre que se esconde tras ese traje, que encarna la mítica figura de duro, impenetrable, frío e inteligente. Su destino está al final de la calle y para cuando haya llegado el cigarrillo ya se habrá consumido. El final de la calle es un restuarante. El debil repiqueteo se hace más agudo, hueco y sonoro. Es el ruido que producen los mocasines sobre el parqué del restaurante. Está completamente vacío y no es de extrañar, no son horas de comer. Aún así al final del salón se encuentra un cliente que devora su plato de spaghettis como si le fuese la vida en ello. Los mocasines avanzan hacía el cliente y éste alza la cabeza. Alrededor de los labios se esparce el tomate pero pronto todo se teñirá de rojo y ya será tarde para distinguir entre el color del tomate y el de la sangre. De modo que el mafioso, el hombre del sombrero, saca un revolver de la gabardina, apunta al caballero y dispara. Fue sin duda, su última cena.

La vendetta es un plato que se sirve frío
Desde su fundación tras la firma del Tratado de Viena en 1738 la Mafia ha organizado sus operaciones, firmado sus pactos y celebrado sus banquetes en almuerzos, meriendas, comidas o cenas convirtiendose éstas, en muchas ocasiones, últimas cenas para muchos. La Mia Fida, término del cual proviene la palabra Mafia y que significa Mi fe, mi credo, aquello en lo que creo... en su viaje al otro lado del charco pasó a llamarse La Cosa Nostra. Da igual, a un lado u otro del charco la fama de gourmets y sibaritas de los capos les persiguió. La comida era para ellos un momento muy importante del día. En estas reuniones se tejían las tramas para cometer sus asesinatos, en ese momento la comida se interrumpía y el mafioso acudía a acometer las órdenes del capo para, a su regreso, proseguir la comida. Los alimentos se servían según unos criterios y estos eran el significado que cada plato y sus ingredientes tienen; el pan significaba la unión, la sal el valor, el vino la sangre y el ajo el silencio. Muchos de estos banquetes se celebraban en las casas de los mafiosos e incluso en algunas ocasiones eran ellos los chefs, como era el caso de Lucky Lucciano. Otros memorables casos como la gesta de la Masacre de San Valentín tuvo lugar en un restaurante escogido expresamente por Al Capone.
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