Carta a la justicia

Me siento obligado a no aceptar el control judicial que se me impuso y quiero explicarme ante la justicia francesa. No dejaré Francia, no sabré hacerlo, es mi país y no veo de otro en mi futuro. Mi verdad está aquí, muchos ciudadanos franceses me lo confirmaron. El Tribunal de apelación de París, al declararse favorable a mi extradición, me condenó a prisión de por vida en Italia. El golpe es enorme, no podía creer que la justicia francesa se doblegaría al poder político, volviendo de nuevo a la sentencia publicada en 1991, yo no podía creer que aceptaría la contumacia italiana, que no me da posibilidad alguna de defensa. Encerrado de por vida, treinta años después de los hechos, sin volver a ver a mis hijos, el país donde nacieron, la idea me es insoportable. La declaración de Jacques Chirac, dos días después de la sentencia del Tribunal de apelación, acabó de privarme de todo. Solamente mis niños y la sutil posibilidad, de que un día quizás, pueda explicarme sobre mis responsabilidades políticas y penales y acabar finalmente con este pasado con que Italia querría enterrarme al precio de una salvaje falsificación histórica me retiro al control judicial, por lo tanto, permanezco en Francia, porque es aquí, con la ayuda de todos los que aún creen en esta justicia que había hecho de Francia el país de los Derechos humanos, que seguiré luchando. Esta convicción me da el valor de esperar la última decisión, hasta el último recurso, esperando que en este país las palabras LIBERTAD y JUSTICIA aún signifiquen algo.

Cesare Battisti

Battisti; derecho a la moral

La solicitud de extradición de Cesare Battisti examinada el pasado mes de agosto por el Tribunal de apelación de París ha abierto un gran debate, de los dos lados de la frontera, suscitando más bien pasión que razón. Ningún combate justifica la muerte de inocentes y violencia como decía Jean-Paul Sastre, ésta sería la manifestación de un fracaso.

Cesare Battisti fue militante para la PAC (partidistas armados por el comunismo), nos corresponde incluir los errores de estos militantes que en Italia estuvieron animados por la obsesión delirante de la conquista de la libertad al precio del terror. No hay tampoco que oponer el dolor de las víctimas, el recuerdo de muertes tan injustas como inaceptables, a las protestas de inocencia de Cesare Battisti. En 1985, reunido junto al ministro de interior Gaston Defferre, el presidente de la república, François Mitterand, concedió el asilo a militantes talianos de la época conocida como “los años de plomo” bajo condición de rendición. Centenares como Battisti vinieron a refugiarse a Francia.

Cada cual es libre de expresar su opinión. Puedes estar de acuerdo como no. Dicho esto, estamos en presencia de un acto del Gobierno que se impone a todos. Observemos, no obstante, que en el momento de la decisión apenas se levantaron voces. La determinación de la República Francesa se manifestó con pleno conocimiento de causa. Y precisamente, porque, desde hace cerca de veinte años, nuestro país tomó, y asumió una posición sobre la cual ningún Gobierno opinó de nuevo, haríamos correr un gran peligro a nuestras libertades públicas que rechazando el asilo que Francia, libremente, concedió. Podríamos, por otra parte, destacar que, el Sr. Juppé siendo Primer Ministro, Cesare Battisti obtuvo, en 1997, la renovación de su permiso de residencia por un período de tiempo de 10 años.

Obtener la extradición de Cesare Battisti sería injuriar a nuestra república que se enorgullece de ser la patria de los derechos humanos y cuyo derecho de asilo es uno de sus atributos fundamentales. Respetar la palabra dada es, no solamente, una norma de derecho sobre todo un principio inconmensurable de moral.