Siempre nos quedará París (I)
Un pequeño relato, mezcla entre matemático y policial, finalista del primer concurso de relatos DivulgaMAt. Aquí va la primera parte;
Siempre nos quedará París
Álvaro Vicente Palazón
Desde lo alto de la ciudad, Casablanca era un mar de callejas, angostillos y estrechos pasajes desérticos, de enormes casas de blanco impoluto y grandes mezquitas. Desde lo alto, Casablanca era una ciudad desolada y triste, era una ciudad abandonada y neutra, era un laberinto y una tumba. Desde lo alto, Casablanca dejaba de ser un paraíso soñado, era el destino de los exiliados durante la guerra, era una cárcel de fácil acceso. Casablanca olía a miedo, a rencor y a desesperación. Casablanca era una ciudad en blanco y negro. Era el mundo despiadado del que todos hemos oído hablar. Era una ciudad sin corazón.
Coronaba aquel mundo de sueños deshechos e ilusiones olvidadas a la fuerza un bar: el Rick’s Café. En él se reunían los pocos que conservaban la fe y algunos otros que nunca conocieron el significado de esa palabra. Rick, el dueño, era uno más de todos ellos. Tan sólo una diferencia le separaba del resto; él sí había tenido oportunidad de escapar de aquella prisión. Cuando la noche vestía de luto todas las esquinas de la ciudad, abría el local. Sentado frente a la barra del bar, sujetando un martini doble con la mano derecha, un pitillo entre los labios y ataviado con una lustrosa pajarita y un traje blanco y negro, esperaba a que poco a poco se llenase el bar. Mientras tanto recordaba impasible con cara de vida desperdiciada los momentos en París donde conoció a aquella mujer que ahora regresaba a su vida y que le situaba en un dilema.
-Señor Rick- dijo Sam, el joven negrito prodigio del piano que llevaba acompañando a Rick desde que ambos dejaron París abandonados por una mujer- el capitán Renault desea hablar con usted.
Rick giró la cabeza, miró a Sam de arriba a abajo, volvió a dirigir su mirada al martini y dijo;
-Sírvale una copa en la mesa seis, dígale que voy para allá.
-Pero señor, la mesa seis ya está ocupada.
-En ese caso, en la mesa correspondiente al siguiente número perfecto menor de 100.
Sam hizo lo que su jefe le ordenaba.
-Capitán Renault- comenzó Rick atrayendo la mirada del policía- ¿Quería verme?
-Sí, mi joven amigo. Tome asiento –Rick apartó una de las sillas y se sentó mientras el capitán se atusaba el bigote, se quitaba la boina y se peinaba con un pequeño peine que había extraído del bolsillo superior de su chaqueta - Ayer, día 13 de noviembre de 1943, nuestro amigo Ugarte tenía intención de salir del país con unos visados que yo mismo firmé con mi puño y letra. Pero, por extrañas circunstancias, no llegó a coger el avión con el que pretendía viajar hasta América. Esta misma mañana fui informado de que nuestro amigo perdió la vida; no sé si fue un asesinato, únicamente tengo constancia de que esos visados con los que iba a viajar han desaparecido y…
-Capitán Renault, permítame que le interrumpa, pero no sé qué tiene eso que ver conmigo.
-Muy sencillo, señor Rick; ambos sabemos que aquí se despachan visados falsos bajo una sustancial suma de dinero y sospecho que fue usted quien se hizo con esos visados.
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