Iniciamos con este relato una antología de cuentos policiaco navideños. Esta primera entrega corresponde a El decimotercer día de Navidad un relato escrito por Isaac Asimov en 1982 y que dió lugar a una película. Disfrútenlo y recuerden que el próximo sábado publicaremos un nuevo relato!!!!

Ese año todos estuvimos muy contentos cuando hubo pasado el día de Navidad.

Fue una Nochebuena horrible. Yo permanecí despierto todo el tiempo que pude esperando, en cualquier momento, oír el estallido de una bomba. Mamá estuvo también despierta, junto a mí, hasta la medianoche del día de Navidad, hasta que papá llamó para anunciar:

—Perfecto, no ha ocurrido nada. Estaré en casa tan pronto como pueda.

Mamá y yo bailamos de alegría por el comedor como si celebráramos la llegada del Papá Noel. Al cabo de una hora llegó papá y nos fuimos a la cama. Ese día dormimos mejor que nunca.

Nuestra familia es un caso especial. Papá es detective de la policía y esos días, con las amenazas de los terroristas, puede llegar a estar muy ocupado. Por eso, cuando el día 20 de diciembre llegó a la Comisaría la amenaza de que el Día de Navidad estallaría una bomba en las oficinas soviéticas de las Naciones Unidas, se lo tomaron muy en serio.

Todos los miembros del cuerpo fueron puestos en servicio.

También intervino el Servicio Secreto. Los so­viéticos tenían sus propios medios de seguridad, pero a papá no le bastaban.

El peor día fue la víspera de Navidad.

—Si alguien está lo suficientemente loco para querer colocar una bomba y no le asusta el ser apresado luego, lo más probable es que lo consiga por muchas precauciones que tomemos.

La voz de papá delataba una angustia que raras veces notábamos en él.

—Supongo que no existe ningún medio para sa­ber de quién se trata —dijo mamá. Papá negó con la cabeza.

—La amenaza está escrita con letras de periódico pegadas sobre un papel, sin huellas dactilares, sólo manchas. Lo único que tenemos es un material co­rriente que no podemos investigar porque no nos llevaría a nada, y una amenaza. ¿Qué podemos hacer?

—Supongo que debe tratarse de alguien a quien no le gustan los rusos —comentó mamá.

—Esto no nos ayuda mucho —dijo papá—. Natu­ralmente los soviéticos dicen que se trata de una amenaza de los judíos y hemos tenido que vigilar a los de la Liga para la defensa de los Judíos.

—Pero papá —intervine yo—, esto no tiene nin­gún sentido. El pueblo judío no hubiera elegido el día de Navidad para hacer una cosa así, ¿no te parece? Para ellos ese día no significa nada y tampoco signi­fica nada para la Unión Soviética. Oficialmente son ateos.

—Con los rusos no puedes razonar de esta ma­nera —dijo papá—. Y ahora ya es hora de ir a la cama porque mañana. Navidad o no, puede ser un mal día.

Papá salió. Estuvo fuera todo el día de Navidad y para todos nosotros fue un mal día. Mamá y yo ni siquiera abrimos nuestros regalos, estuvimos todo el día sentados al lado de la radio y el televisor, esperando noticias.

Luego, a medianoche, cuando papá llamó para decir que no había ocurrido nada ya pudimos respi­rar tranquilos, pero tampoco nos acordamos de abrir los regalos.

No lo hicimos hasta el día 26. Este fue nuestro día de Navidad. Papá tuvo el día libre y mamá preparó el pavo con veinticuatro horas de retraso.

Lo pasamos muy bien y no hablamos del caso hasta después de la cena. Mamá empezó:

—Supongo que nadie, fuera quien fuera, pudo encontrar la manera de colocar la bomba debido a la gran vigilancia que había.

Papá sonrió, apreciando la lealtad de mamá.

—No creo que la vigilancia pudiera extremarse hasta ese punto, pero ¿qué más da?

—La cuestión es que no ha habido bomba. Tal vez no fuera más que una broma pesada. Pero la gente estaba preocupada y los soviéticos de las Naciones Unidas se han pasado unas cuantas noches sin dormir. Para la persona que quería colocar la bomba esto puede haber sido una satisfacción casi tan grande como si el artefacto hubiera estallado.

—Si no pudo hacerla estallar el día de Navidad —dije yo— tal vez lo haga otro día. Tal vez sólo dijo ese día para mantener a la gente alerta y luego, cuando todo vuelva a la normalidad, lo hará...

Papá me dio un golpecito en la cabeza.

—Pues sí que eres optimista Lorenzo... No, no lo creo. Los profesionales valoran el sentido del deber. Cuando dicen que algo va a ocurrir en un momento preciso, tiene que ser en ese momento o ya no tiene sentido para ellos.

No me quedé muy convencido, pero los días pasaban y no ocurría nada. Poco a poco el departamentó de policía volvió a la normalidad, los del Servicio Secreto se ocuparon de otros asuntos e incluso los soviéticos parecieron olvidarse de todo, tal como papá había previsto.

El día 2 de enero teníamos que volver al colegio para ensayar nuestro espectáculo de Navidad que se representaba el día 6 de enero, fiesta de los Reyes Magos. Lo representábamos al final de las vacacio­nes navideñas, en día festivo, porque a nuestro cole­gio acudían chicos de diversas religiones y la Direc­ción y Profesorado respetaban la separación Iglesia-Estado y las creencias de todos. Así, al cele­brar la representación en día festivo la asistencia no era obligatoria. Y, como en el colegio tampoco debía haber celebraciones religiosas, no llamábamos a nuestra función «Espectáculo de Navidad» sino sólo «Representación». No hacíamos más que una representación de la canción «Los doce días de Navidad», en la que no se habla de religión, sólo de regalos.

Éramos doce niños, cada uno cantaba una estrofa y luego todos juntos repetíamos el estribillo. Yo era el número cinco y cantaba «Cinco anillos de oro», porque todavía tenía una voz de soprano y podía alcanzar las notas altas bastante bien.

Muchos niños no saben por qué el período de Navidad tiene doce días, pero yo les expliqué que entre el 25 de diciembre, día de Navidad, y el 6 de enero, el día que llegaron los tres Reyes Magos a traer regalos al niño Dios, van doce días y de ahí el título de la canción. Naturalmente era el día 6 cuando hacíamos nuestra representación en el audi­torio del Colegio y venían todos los padres que querían.

Papá consiguió tener libres unas horas para poder asistir, junto con mamá. Y acudió a oír a su hijo cantar las notas altas por última vez, porque el año que viene mi voz habrá cambiado y ya no podré hacerlo.

¿Sabéis lo que es tener una idea brillante en medio de una representación y estar obligado a con­tinuar la comedia sin poder hacer nada?

Aún estábamos en el segundo día, cantando «Dos tórtolas», cuando de pronto se me ocurrió: «¡Oh, mañana será el decimotercer día de Navidad!» Todo el mundo estaba mirándonos y no pude hacer otra cosa que quedarme quieto y cantar mi estrofa.

Nunca había encontrado esa canción tan estú­pida. Era como si tuviera polvos pica-pica en la ropa interior, no podía estarme quieto ni un momento más. Cuando hubimos cantado la última nota y el público estaba aún aplaudiendo, eché a correr, bajé los escalones del escenario y seguí corriendo hasta llegar a la fila donde estaba mi padre. El me miraba asustado, yo me agarré a su chaqueta y supongo que hablaba tan deprisa que no conseguía entenderme.

Le dije:

—Papá, Navidad no es el mismo día para todo el mundo. Puede que incluso se trate de algún sovié­tico. Oficialmente los rusos son ateos, pero puede haber alguno que haya conservado la fe religiosa y por esta razón quiera colocar la bomba. Puede tra­tarse de un miembro de la Iglesia Ortodoxa Rusa y ellos no siguen nuestro calendario.

—¿Cómo? —se extrañó papá, mirándome como si no comprendiera ni una palabra de lo que estaba diciendo.

—Que sí, papá; lo he leído en alguna parte. La Iglesia Ortodoxa Rusa está todavía en el calendario Juliano, que es el que impuso por decreto Julio César hace 2.000 años tomando cálculos de los antiguos calendarios griegos, babilónicos y egipcios, mientras que los demás cambiamos al Calendario Gregoriano que es el que impuso en 1582 el Papa Gregorio XIII por ser más preciso, reformando el calendario Juliano. El calendario Juliano lleva trece días de retraso con respecto a nosotros. La Navidad Ortodoxa cae en su 25 de diciembre, que equi­vale a nuestro 7 de enero, es decir mañana.

Hasta aquí no me creyó ni una palabra. Lo comprobó en un diccionario y luego llamó a alguien de la Oficina Central que era ruso Ortodoxo.

En poco tiempo consiguió poner en movimiento a todo el departamento. Habló con los soviéticos y cuando éstos dejaron de culpar a los judíos y se fijaron en su propia gente, encontraron al hombre. No sé qué hicieron con él, pero tampoco estalló ninguna bomba el decimotercero día de Navidad.

La Oficina Central quiso regalarme una bicicleta nueva, pero yo no acepté. Sólo había cumplido con mi deber.